Mientras afuera el pueblo gritaba pidiendo la pena de muerte, el gobierno deliberaba. No analizaba si la medida sería justa, sino las consecuencias políticas de acceder o negarse a ese clamor.
Acostumbrado a decidir sin consultar a nadie, esta vez se dió cuenta que estaba en juego el poder, la gobernabilidad, quizás hasta la permanencia en el cargo.
¿Pena de muerte?, pensó. Y finalmente decidió: si es lo que el pueblo pide, es el pueblo quien la aplica.
Salió al balcón, miró a la muchedumbre que seguía vociferando su pedido y, al final, bajó el pulgar.
Así, el primer reo al que se aplicó la pena de muerte por clamor popular, fue llevado a la cruz en el Gólgota.
¿Seguís pensando que es la forma de hacer justicia?
miércoles, 18 de marzo de 2009
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2 comentarios:
Es estupenda y graficamente impresionante la definición utilizada. Sinceramente, habiendo hablado mil veces del tema y analizado las diferentes situaciones, jamas se me ocurrió ver el ejemplo que siempre tuve frente a mis ojos y creencias. Gracias.
MJ
Yo creo que aplicar la pena de muerte es facilitarle las cosas a quien recibe la pena, teniendo en cuenta -según lo veo yo- que lo jodido de sobrellevar está precisamente en este valle de lágrimas. Pienso que a la gente que debe pagar una pena o condena se la recluya lejos de la sociedad de bien, que trabaja y vive honestamente; por ejemplo en una zona como la Antártida donde casi casi se puedan dejar las puertas abiertas, porque, ¿qué más da que puedan eventualmente salir?, ¿a dónde irían si logran escapar? Además pienso que los reclusos debieran trabajar fabricando, por ejemplo, frazadas para los ancianos o ropa para los indigentes de los lugares del país que más lo necesitan. Mamtenerlos ocupados, con la mente ocupada en algo productivo, lejos de la posibilidad de entrar en un infierno de hacinamiento infecto, de droga y depravación que no dignifica, no reeduca, no redirecciona, no aporta, no sirve...
Si ellos están bien lejos, sin posibilidades de que puedan escapar y entrar en tu casa, en mi casa, nosotros acá podremos abrir las ventanas y dejar las puertas sin llave.
Habría que hacer que las leyes penales sean efectivamente aplicadas, porque si no tampoco sirve que tengamos la cárcel donde la tengamos, porque si un criminal entra y sale más vale que nos ahorremos el gasto de combustible para trasladarlo adonde sea que deba cumplir su pena. Más vale que nos ahorremos el gasto que supone llevar adelante el safarrancho de justicia si todo termina de igual modo que como inicia.
Este es el modo, burdo quizás, de entender el modo de hacer justicia. No me pregunten por dónde se empieza ni cómo romper la cadena de corruptela que todo lo abarca para poder empezar, porque no lo sé. No soy tan inteligente.
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